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Galería Carles Taché

Javier Arce

La Galeria Carles Taché tiene el placer de anunciar la inauguración de la exposición Mapa del moho del artista Javier Arce (Santander, 1973). La muestra, que se incluye en el marco del Barcelona Gallery Weekend y que cuenta con un texto de David Armengol, se podrá ver a partir del miércoles 26 de septiembre y hasta el mes de diciembre.

 

Javier Arce es graduado en Técnicas de Estampación en la Escuela de Artes Aplicadas de Oviedo y Licenciado con Honores en Bellas Artes en la Universidad del País Vasco. Recibió su maestría en Escultura de la escuela de Bellas Artes de Wimbledon, Londres. En 2008 le fue concedida una beca por el International Studio y Programa Curatorial (ISCP) en Nueva York, EEUU, y por la Fundación de Arte y Derecho. En 2007 recibió la Mención de Honor de Generación 2007 en Madrid, habiendo recibido el año anterior un Premio de la Fundación Marcelino Botín de Artes Plásticas.

 

Entre sus últimas exposiciones individuales destacan Primera exposición prestada. El museo bastardo, en el CAB, Burgos; This could be a show of historical importance, en el Museo de Arte Contemporáneo de Zagreb, así como sus intervenciones en el Espai 13 de la Fundación Miró, en Barcelona, y en el Espai Quatre, del Casal Solleric, en Mallorca.

 

 

La palabra “vida” es una palabra mágica. Es una palabra valorizada.

Todo otro principio palidece cuando se puede invocar un principio vital.

Gaston Bachelard[1]

Para llegar al bosque, es preciso

atravesar la cabaña

Javier Arce

 

“Mapa del moho” es una preciosa cita extraída del poema Canción para la estación de las lluvias de la escritora estadounidense Elisabeth Bishop. En sus versos, la escritora habla de la casa que su pareja, la arquitecta brasileña Lota de Macedo, construyó en plena selva amazónica; y lo hace desde una íntima comunión con la naturaleza. Precisamente, esa misma conexión emocional con el entorno natural unifica cada una de las piezas que forman parte de la primera exposición de Javier Arce en la Galería Carles Taché de Barcelona. No obstante, aquí el paisaje cambia substancialmente: la selva deja paso al bosque, y la arquitectura moderna a la cabaña. Me refiero a esa cabaña que sirve de hogar y taller del artista en las montañas cántabras.

 

Por defecto, el imaginario de la cabaña nos remite a la soledad, a la huida o, incluso, a la reivindicación romántica de un aislamiento pre-civilizado, salvaje. A diferencia de lo que nos pudiera parecer, la vida en los bosques de Arce poco tiene que ver con esas premisas. Sin rencores ni alardes de ningún tipo, el artista apuesta por una vida y una profesión que intensifica la convivencia armoniosa con el lugar como sistema de exploración del mundo. Precisamente, el convivir - el habitar con otro u otros en un mismo espacio y tiempo – es lo que marca el carácter procesual que define su modo de hacer arte. Además, mediante ese gesto de reconocimiento de la naturaleza, el artista encuentra también – sin huir, insisto – una nueva dimensión de la comunidad. Una revisión especulativa de lo real próxima, quizás, a la idea de sociedad defendida por el filósofo francés Bruno Latour, donde lo social depende de la participación activa de agentes tanto humanos como no humanos[2] (en este caso una piedra, un árbol, un bosque…)

 

Así, las dos palabras que conforman el título de la exposición reflejan a la perfección la práctica artística que Javier Arce viene desarrollando en los últimos años. Por un lado, el mapa, la cartografía, el territorio entendido desde un sentido de pertenencia telúrica, psicogeográfica…; por el otro, el moho, el hongo de la descomposición, la evocación de una transformación lenta, progresiva, silenciosa. Ambos conceptos aluden a lo físico, o más bien a lo metafísico, para adentrarnos, poco a poco, en una dimensión psíquica y emocional. Mientras el mapa nos ofrece un sitio, el moho nos sitúa en un devenir imperceptible.

 

Mapa del moho supone por tanto la evocación expositiva de una experiencia singular que ya no puede ni quiere tomar distancia entre aquello que hace y aquello que es el artista. De este modo, los dibujos, esculturas e instalaciones que configuran la exposición apuestan por una literalidad tan sincera que, lejos de erigirse en representación artística de algo, se convierten directamente en el fragmento real de ese algo. Aún más, ese algo no se muestra estático, inerte, sino que mantiene una voluntad biológica y orgánica que lo resignifica como parte de un ecosistema en continuo movimiento.

 

En este sentido, Mapa del moho no es una exposición al uso, donde las obras se despliegan en tiempo presente por la sala de exposiciones. Mapa del moho supone más bien una acumulación de tiempos propios e íntimos que, surgidos de múltiples activaciones del paisaje, destilan una intensa performatividad a la hora de comprender el territorio y el arte. Pese a la autonomía de cada una de las piezas que configuran la exposición, su puesta en escena deviene realmente paisaje, y esto invita a movernos por la galería sin recorridos pre-establecidos o explicaciones excesivamente dirigidas.

 

Diría que esa es la mejor manera de contemplar los dibujos realizados con cenizas de la madera que Arce quema en su chimenea (Mapa del moho, 2018; Gris, 2018), aquellos otros surgidos del frottage directo del papel sobre elementos propios de la vida pasiega tales como linderos o plásticos para ensilar la hierba (Linderos, 2018; Contrato natural, 2017), descodificar el diálogo de igual a igual entre materiales de desecho y referencias culturales sin sentido aparente (Keep Politics Out of This Picture, 2013), revisitar una vieja puerta de madera convertida en plancha de grabado que desvela el paisaje al que pertenece (Retry the Life Experiment in the Communal, 2014), o descubrir a las arañas que han decidido vivir en la pequeña estructura de carboncillos que sintetizan el plano de la cabaña de Derek Jarman (Sobre el Tercer Paisaje, 2014-2017). Esa misma ausencia de guía es la que nos permite también observar la lentitud de la vida en el valle (Way of Living, 2006) o comprender las acotaciones humanas del terreno según sus usos (La linde, el bosque y la mirada, 2018), eucaliptus incluido.

Y aún a riesgo de perdernos, o de no entender, esa relación no impositiva marca el tono y la sensibilidad de sus contenidos. En definitiva, marca el tono del bosque.

David Armengol

 

[1] Gaston Bachelard. La poética el espacio. Fondo de Cultura Económica, 2006.

[2] Bruno Latour. Reensamblar lo social. Una introducción a la teoría del Actor-Red. Ediciones Manantial, 2008.

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16 NOV 2018